De profesión esclava

Una vez finalizado el coito dejaron a mi jefe a solas conmigo. Él cogió una caja de pañuelos de papel y me los lanzó de mala gana mientras se sentaba en su butaca.

  • Límpiate y vístete. No creas que por lo ocurrido ahora vas a abandonar tus tareas. Solo has añadido unas pocas.

Utilicé las servilletas para limpiarme, me vestí y me fui a mi asiento fuera del despacho de John. Desde donde me sentaba no podía ver ni ser vista por mis compañeros, pero sí que cualquiera que quisiese hablar con el jefe tendría que pasar por donde me encontraba. Esa situación la aproveché, ya que no lo podía evitar y me puse a llorar.

Sobre el mediodía mi John me llamó y me dio una nota.

  • Hoy me voy a ir pronto. Necesito que para mañana me traigas algunas cosas que he encargado. Ves a esta dirección que te he puesto sobre las ocho y pregunta por Antonio. Te dará una caja. Me la traes mañana. El contenido es confidencial, ya entiendes lo que significa.
  • Ya va siendo la hora de comer. Has traído tupper.
  • Sí. Una ensalada.
  • De acuerdo. Comerás conmigo.

Calentamos las fiambreras en un microondas que había en el despacho pero antes de comenzar a comer John de abrió la bragueta y se la sacó. Me tuve que poner de rodillas y comenzar a chupársela.

  • Siempre había querido que mientras comía me la comiesen. – rio. – Tiene gracia, no crees.
  • Sí. – Dije sacándome la polla de la boca y volví con la faena.
  • Me está gustando. Desde hoy esta será tu tarea. Cada mediodía, mientras como, me harás una felación y después podrás comer tú. Solo te excluiré los días que tenga comida de negocio.

No podía negarme. Esa misma mañana acababa de firmar un contrato de esclavitud. De vez en cuando iba dándome indicaciones, diciéndome que fuese más lento, ya que quería que la mamada durase durante toda su comida. Yo seguía lamiendo su glande y dejando que él disfrutase.

He de decir que aunque la empresa constaba de treinta trabajadores, diez de ellos eran mujeres que casualmente eran muy guapas. El jefe claramente las buscaba por dicha cualidad. Además de a mi contaba con dos comerciales que solían ir muy bien vestidas, una empleada de marqueting que llevaba un conjunto bastante estrafalario, dos becarias muy provocativas y el resto eran oficinistas.

En ese momento entró Ángela, una de las comerciales. Morena, cuarentona pero con muy buen cuerpo, y que siempre llevaba un traje de ejecutiva que te daban ganas de quitárselo. Aunque tenía muy mal carácter cada vez que pasaba los hombres no podían dejar de mirar su trasero ya que era muy apetecible.

Ella entró furiosa y golpeó la mesa, lo que me hizo dar un respingo. Me asusté pensando que nos había pillado pero mi jefe se comportó tranquilamente. Me di cuenta de que en la situación en la que estaba ella no podía verme por lo que mantuve el silencio y seguí con mi trabajo.

Ella no paraba de gritar mientras John comía tranquilamente, disfrutando de los placeres que le ocasionaban mi lengua. Normalmente ya habría saltado pero estaba claro que estaba disfrutando. Ángela acabó histérica y se fue vencida.

  • Si hubiese sabido que el truco para que me dejase en paz era que estuviese tranquilo lo habría hecho antes. Creo que es la primera vez que gano en una discusión contra ella. Terminé. – Dijo finalmente levantándose. – Has hecho muy bien tu trabajo manteniéndomela dura durante todo este tiempo. Tengo muchas ganas de correrme. El problema es que aún no has aprendido a tragártelo y no quiero ensuciar tu ropa.

Estaba claro que buscaba donde echar su semilla. Me dirigí a la caja de servilletas cuando sin ningún reparo vi a John abrir la tapa de mi fiambrera.

  • ¡No! – grité. Justo para ver cómo se corría en mi ensalada.
  • Ya tienes la salsa. Ten. – Volvió a taparlo. – Puedes comer con tus compañeros. Si alguien pregunta puedes decir que es salsa tártara o algo por el estilo.

Estaba alucinando de lo que me decía. Sin poder negarme lo cogí y me fui al comedor.

  • ¡Ah! – Me dijo cuando estaba saliendo. – Y no se te ocurra tirarlo. Me enteraré si lo haces.

Fui al comedor completamente humillada con una ensalada cubierta del semen de mi jefe. En el comedor estaban la mitad de la plantilla y ellos tenían que verme comiéndome la semilla de John. Abrí  la fiambrera y la miré. Se había corrido bastante. ¿Cómo podía ser si por la mañana también se había corrido? La ensalada parecía contener una capa que lo cubría toda de blanco. Comencé a comer dándome prisa para acabármelo todo antes de que alguien preguntase pero una amiga, Rita, entró cuando iba a medias.

Rita era una de las oficinistas de las que antes hable. Veintipocos y solía ir con blusa y tejanos. Aun así tenía varios admiradores en la empresa y fuera de ella.

  • ¿Qué comes?
  • Ensalada con salsa tártara.
  • ¿En serio? ¿Y está bueno?
  • Bueno …
  • Me dejas probarlo.
  • ¡No! – Grité mientras acercaba un tenedor a mi ensalada con sorpresa. – Quiero decir. Pensaba que estaría más bueno pero casi que está incomestible.
  • Debe de ser cierto. Huele un poco fuerte. Yo de ti la tiraría.
  • Yo no soy así. La comida hay que comérsela. – Dije suspirando.

Por un momento pensé que Rita me descubriría al probar la semilla de John. ¿Qué podría decirle entonces? ¿Qué escusa podía decir para explicar que estuviese en el comedor de la empresa alimentándome del semen del jefe?

Fui comiendo con mi amiga delante que no paraba de hablar de sus cosas mientras yo solo podía pensar en lo que estaba ingiriendo y en lo humillante que era. Sin embargo acabé comiéndomelo todo.

La tarde fue bastante más tranquila ya que mi jefe ni estaba. Después fui a buscar el paquete. Me sorprendió mucho al ver que la dirección resultaba ser un callejón abandonado. Por un momento pensé que había sido otra jugarreta de John para humillarme. Esta vez tuve suerte. Un hombre me entregó una caja bastante grande. No era demasiado pesada, aun así preferí guardarla en la empresa ya que me pillaba más cerca. Después me fui a casa a descansar del que pensé que había sido el peor día de mi vida. Cuanto me equivocaba.

 

 

 

 

 

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