Dulce y Amargo

El día que comenzó tan bien acabó convirtiéndose en su último día de vida. Había entrado por la mañana en el casino con la corazonada de que era su día. Las máquinas tragaperras no paraban de rugir mientras escupían dinero, con el póker casi predecía las cartas y la ruleta se había enamorado de él. Al final del día había ganado dos millones de euros.

Salió feliz del casino. Ahora su esposa no podría acusarle de tener un problema con el juego. No era un problema cuando se gana. Miro su móvil y vio más de doscientas llamadas perdidas. “Mierda, Cris” – pensó. Se había olvidado recoger a su hijo de la guardería, seguro que le llamaba enfadada por esa razón. Aún así estaba tranquilo, cuando su mujer supiera el dinero que había ganado ya no le echaría en cara su vicio y este despiste se perdonaría. Aún así algo le inquietaba, eran demasiadas llamadas.

  • Hola cariño. – Llamó por teléfono a su mujer. – Acabo de ver las llamadas. Perdona por no haber recogido a Cris pero …
  • ¿Dónde estabas? – Se escuchó la voz de su esposa lloriqueando.
  • Estaba en el casino. Ya sé que se me ha olvidado, pero he ganado mucho dinero. ¿A qué no sabes cuánto?
  • ¡Y qué más da el dinero! – Le gritó la esposa. – ¿Por ir al casino no has ido a recoger a tu hijo? – Algo no iba bien. La ira que contenía las palabras de su esposa comenzaron a hacerle temblar de miedo. – Me llamaron de la guardería preguntando por ti. Que por qué no habías ido a recogerlo. Yo estaba en el trabajo, sabes que no podía ir, y tú estabas perdiendo el tiempo en el casino, olvidándote de tus responsabilidades como padre. Al final, en un descuido Cris se ha separado de la monitora y un camión… – Su voz temblaba incapaz de continuar.
  • Un camión ¿qué? ¿Qué ha pasado? – preguntó el marido preocupado.
  • Se fue corriendo y un camión no lo vio cuando cruzó la carretera y…
  • Pero ¿Qué? Dime que le ha pasado a nuestro hijo.
  • ¿Nuestro hijo? Ni siquiera has ido al hospital a verlo. Ya no te molestes, podrás verlo en el funeral. – Ahora sus palabras almacenaban un gran odio.
  • ¿Cómo? ¿Por qué la monitora no lo vigiló mejor?
  • ¡No era culpa de la monitora! ¡Hacía rato que se había acabado su jornada! ¿Por qué no estabas tú ahí?

El móvil se cayó de su mano mientras se preguntaba qué había hecho. Había fallado a su hijo por un puñado de dinero. Miró el fajo de billetes, solo era papel pintado, sin ningún valor.

Deambuló sin rumbo pensando en lo ocurrido, cuando se topó con un puente. El dolor y la culpa lo estaban consumiendo. Ya ni siquiera tenía el dinero en la mano. ¿Dónde lo había dejado? ¿Se le había caído? Ni siquiera le importaba. Se subió a la barandilla del puente y saltó. Solo esperaba que en la otra vida su hijo pudiese perdonarle.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*