La armonía del caos

Cuando salieron de los vehículos Tania se quejó del olor del aire.

–          ¿A qué huele?

–          Parece una mezcla entre pólvora y sangre. – Contestó Sergio.

–          ¿Nadie más tiene la sensación de que no deberíamos estar aquí? – Dijo Speed.

–          Chicos, no me encuentro muy bien. ¿Qué son esas cosas? – Preguntó Rafael mientras salía del coche.

–          ¿A qué te refieres? Yo no veo nada. ¿Alguien ve algo? – Dijo otra vez Sergio.

–          ¿No lo veis? Todos esos soldados están disparando a un foso enfrente de él de donde están saliendo unos gigantescos tentáculos que los están cogiendo. Y después están esos seres voladores. Uno parece una abeja gigante, le ha hecho algo a uno de los soldados y se le ha comenzado a hinchar el cuerpo. Dios, es horrible. Han comenzado a salirle del cuerpo pequeños insectos, parecen arañas. Qué cosa más espantosa. – Dijo Rafael. Inmediatamente después comenzó a vomitar y ante la expectación del grupo se desmayó.

Elena se arrodilló al lado suyo y comprobó sus constantes vitales.

–          Está bien. Solo se ha desmayado.

–          Debe de haber sufrido alguna alucinación. Probablemente por algo que ha comido y le ha sentado mal. – Sentenció Marc. – Voy a entrar. Ahora no hay ningún guardia. Si tengo problemas os llamaré para que intentéis llamarles la atención.

–          No. Yo voy contigo. – Contestó Lluc.

–          Y yo.- Continuó Sergio.

Kevin y Speed también se unieron al grupo, dejando tras de sí a las mujeres, que curarían de Rafael y proporcionarían distracción si la necesitaran. Los hombres se dirigieron a la puerta, mientras Zaira comenzó a quejarse a su madre.

–          Mama. Yo también quiero ir.

–          ¿Pero estas locas? ¿No ves que es muy peligroso? – Contestó su madre.

–          Pero puedo ayudar. Mira lo que sé hacer.

En el acto Zaira saltó dos metros de alto y pasó por encima de ellas. Después comenzó a correr en dirección a la puerta y cuando llegó al grupo de los chicos saltó por encima de ellos dando una voltereta. Nada la podía detener.

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