La armonía del caos

Se esforzó todo lo que pudo en tirarse al suelo. Puso todo el empeño y concentración de la que era capaz, pero no se movía ni un milímetro. Se preguntaba si los otros también percibían la  congelación del tiempo. Quizás es que estaba a punto de morir y presenciaba su propia muerte. Entonces comenzó a percibir horrorizado como las balas lentamente empezaban a  moverse, cada vez más rápido. Volvió a internar tirarse al suelo y comprobó que aunque lentamente él ya se podía mover. Cada vez veía los proyectiles más de cerca, pero conforme aceleraba para agacharse, las balas también aceleraban su trayectoria. Finalmente pudo tirarse al suelo y comprobar cómo las balas pasaba justo por encima de suyo, por el lugar que antes estaba su cabeza.

–          ¡Quietos! – gritó el soldado, confuso por lo que había pasado. No era su voluntad el haber apretado el gatillo, pero aún era más extraño que el nuevo forastero hubiese esquivado la ráfaga.

El soldado apuntó a Speed, dudando si debería disparar o no y no se percató de que Zaira se había colocado debajo de él.  Con una patada con la pierna derecha completamente estirada hacia arriba golpeó la ametralladora y una nueva ráfaga surgió, pero esta vez finalizó en el techo.  Mientras bajaba la pierna, se apoyo con ella en la barriga del soldado  y lo utilizo para levantar su pierna izquierda en la mandíbula del soldado, acabando con una voltereta hacia atrás.  Si cualquier maestro en artes marciales hubiese presenciado el movimiento se habrían maravillado de ver su perfección con la que lo había ejecutado, y aún se habrían asombrado más al saber que su ejecutor era una niña pequeña.

Después del impacto el soldado cayó de espaldas, desmayado.

–          ¡¿Qué cojones ha pasado?! – Preguntó Speed. – ¿Os habéis fijado que el tiempo se ha detenido?

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