La armonía del caos

Tania estaba preocupada por el comportamiento que estaba adquiriendo su hermano, cada vez más introvertido y encerrándose en su casa sin querer salir. Pero aún estaba más preocupada por la extraña capacidad que había adquirido. El día de la excursión había podido comunicarse con arañas y transmitirle una orden, y esta habilidad la había descubierto cuando estas arañas comenzaron a hablarle. Le hablaban y no se callaban, y eran muchas las que le hablaban y siempre el tema de conversación era el hambre que tenían.

Notaba que se estaba volviendo loca. No quería entrar en su casa porque su mascota le estaba pidiendo realizar actos terribles con tal de satisfacer su hambre. Quería hablar con su hermano para hablar del tema, pero este no quería hablar con nadie.

– Tengo hambre. ¿qué haces que no me traes nada de comer? Tráeme un sabroso ratón. Las moscas no me llenan. Tengo mucha hambre. – Le decía su mascota.

– Déjame en paz. Tú no puedes hablarme. No te escucho. – Contestaba Tania mientras se contraía en posición fetal y se tapaba las orejas intentando no escuchar.

Pero aún empeoraba las cosas al comprobar que no solo su mascota le hablaba. Cualquier araña, por muy pequeña que fuese, no dejaba de quejarse del hambre que sentía. Y si había puesto huevos su ansia por comer era muy superior.

Le reclamaban día y noche comida, y daba igual si les echaba moscas para comer, seguían teniendo hambre, siempre tenían hambre.

El horror llegó a su punto álgido cuando se dio cuenta de la espantosa realidad. Las arañas no solo le hablaban, sino que se sentían atraída por ella. A los pocos días se fijo de que el número de arañas en su domicilio comenzaba a crecer. En los dormitorios, el comedor, la cocina, el lavabo, haya donde fuese encontraba cientos de arañas, y por más que destruyese sus telarañas al día siguiente volvían a estar ahí.

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