No humano 2

  • No. De hecho, ya tenemos un reino.
  • Sí. El reino nevado ese. ¿O cuál decías?
  • Es un reino que está entre Estigia y Arcadia.
  • Pensaba que te referías al reino helado de mi dimensión interior.
  • Los Heraldos encontramos un reino abandonado. Allí parecía que todo era de color azul, porque no había glamour. Creo que una vez te lo conté. Tras unas inmensas puertas entre medio de Estigia y el camino que lleva al plano de los sueños intermedio había un reino encerrado. Una poderosa criatura se encerró allí para que no pudiera afectar al resto del Ensueño. Esa criatura robaba el glamour de todas las personas y cosas de su alrededor. Los Heraldos encontramos esa puerta. Era nuestro destino. Logramos vencer a la criatura. Bueno, vencer no es la palabra exacta.
  • Escapó.
  • No. Tampoco. La hicimos del gremio. – sonrió Francine. – En realidad esa criatura intentaba mantener una antigua máquina que funcionaba como una máquina holográfica. Supongo que recuerdas la máquina que tenía el Nooker.
  • Sí. Demasiado bien me acuerdo.
  • Pues la poderosa criatura que estaba encerrada en ese reino era la galleta de jengibre.

A Carlos le sorprendió el desenlace de la historia. No se esperaba que Jengi, el compañero de Franky, fuera la poderosa criatura de la que estaba hablando.

  • ¿En serio?
  • Sí.
  • Me estás tomando el pelo.
  • No. De hecho Alice ha reformado todo ese reino a su gusto. Es un poco lúgubre pero algunas partes le hemos obligado a que fueran como nos gustaban. Sobre todo el castillo, que lo compartimos entre todos.
  • ¿Y cómo voy a ser rey de un reino que vosotros habéis  capturado?
  • ¿Y por qué no? Tu también formas parte de los Heraldos.
  • Ya, pero seguro que dentro del gremio hay gente que se lo merece más.
  • ¿Merecer? Yo diré quien se lo merece o no. Merecer. Ja. – Adoptó una actitud prepotente. Como sí su compañero hubiese dicho una estupidez. – Es como si ahora los esclavos dijesen que dejan de serlo.

Carlos pudo ver que Laura no entendía nada de la conversación. Por desgracia él tampoco estaba entendiendo nada. Ya conocía las paranoias de Francine y prefería seguirle la corriente en vez de discutir con ella.

  • Lo que tú digas. Yo tenía pensado en convertir mi reino. Pero bueno, tampoco pasa nada.
  • Eso tampoco es una mala idea. Podemos atacar en dos frentes. Además, la ventaja de tu reino es que siempre lo llevas contigo.
  • Sí. Aunque tengo que pensar una forma para que haya una puerta estable. No puede ser que yo sea el único que pueda abrir y cerrar la puerta.
  • Entonces el maestro de las llaves es a quien buscas.
  • La verdad es que buscaba a alguien que me enseñase a fabricar objetos mágicos.
  • A ver. O quieres ser rey o quieres perder el tiempo fabricando objetos mágicos. Un rey no tiene que fabricar esos objetos, se los fabrican.
  • ¡Yo no tengo ni idea! ¡Solo sé que tengo un montón de cosas pendientes y no sé por dónde comenzar!
  • Pues un rey. – Afirmó como si fuese la respuesta más obvia posible. – Dice lo que hay que hacer y la gente lo hace. Es fácil.
  • Un rey es mucho más que eso.
  • Sí, claro. Ahora me vas a decir que todos los reyes se preocupan por el pueblo. Pues no todos. En primer lugar lo que necesitas son plebeyos. Gente que te esté agradecida porque es tu tierra y que puede vivir de ella y que te agradezca simplemente el hecho de que existas. Eso en tu reino interior cuadra muy bien, porque sin ti no existiría. Mira a Virgilio por ejemplo. Te agradece siempre todo lo que haces, incluso cuando le pe … hace las cosas mal. Ese es un buen siervo.

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